miércoles, 19 de octubre de 2016

Segunda vuelta electoral, ¿vía para la legitimidad?




Por Denisse Mendoza

México es un país que vive bajo constantes transformaciones (a veces precipitadas) en sus formas de hacer política, específicamente, en las de percibir la democracia. Hace poco más de un siglo terminó el régimen de Porfirio Díaz que llevaba más de 30 años en el poder y con ello terminó la posibilidad de una reelección, sin embargo, desde 1929 hasta entrando el 2000 el Partido Revolucionario Institucional (PRI) lideraba la presidencia de la república. Con el comienzo del nuevo siglo conocimos por primera vez la alternancia (presidencial) entre partidos y esto marcó una gran pauta para la historia política mexicana. Agregando a lo anterior, hace poco más de un año, Nuevo León hizo historia al elegir por primera vez a un candidato independiente como gobernador del estado.

Además de Nuevo León, en las elecciones intermedias del 2015 hubo otros estados de la república que eligieron a candidatos independientes para distintos cargos públicos y, en general, se vieron votaciones más diversas respecto a años anteriores. El 2015 nos dejó una lección y esa es que existe un rechazo generalizado hacia los partidos políticos tradicionales y es por ello que para las próximas elecciones presidenciales del 2018 se espera que haya un mayor número de alternativas entre candidatos independientes y partidos “nuevos”. Debido a esto es necesario que la fuerza política mexicana se plantee nuevas formas de llevar a cabo las contiendas electorales y una de estas es la iniciativa propuesta hace unos días por Leonardo Valdés Zurita, ex presidente del IFE, que busca implementar la segunda vuelta electoral en la próxima contienda del 2018.

La idea de convocar a dos elecciones ha ido tomando su auge desde la elección presidencial del 2012 en la cual los votos estuvieron muy fragmentados, llegando Enrique Peña Nieto al poder con menos de 40% de votantes a su favor. La forma de llevar a cabo una segunda vuelta es simple: en el caso de que algún candidato resulte electo con menos de un cierto porcentaje determinado (usualmente un tercio) de los votos, se deberá convocar nuevamente a elecciones en donde participen solamente los dos candidatos más votado. El objetivo principal de esto es evitar que un candidato sea electo con pocos votos a su favor y a través de esto, que la persona que llegue al poder logre tener una mayor legitimidad para gobernar y, por ende, que su figura se vuelva más fuerte y, sobre todo, más confiable.

Las ventajas de una segunda vuelta son variadas, sin embargo, como cualquier sistema, también tiene sus desventajas. Una de ellas se presenta al momento de convocar a las segundas elecciones, ya que somete al electorado a una gran presión al momento de decidir, sobre todo si consideramos que para las primeras elecciones se dispone de meses para reflexionar y para la segunda vuelta se tendrían apenas unos cuantos días para emitir una nueva decisión. Esto, aunado a que existe la posibilidad de que los dos candidatos más votados no agraden lo suficiente a un cierto porcentaje de votantes, podría terminar desincentivando el voto y esto reduciría la participación ciudadana, debilitando nuestra (ya incipiente) democracia. 

Ya presentadas algunas de las ventajas y desventajas más sobresalientes, es necesario tener en cuenta que, si bien la segunda vuelta ha funcionado en algunos lugares, no quiere decir que esta fórmula sea la mejor y la única solución para todos los países del mundo. México es una democracia, como ya lo mencioné anteriormente, relativamente nueva y por lo mismo es difícil afirmar que este sistema (que ha funcionado en otras democracias ya consolidadas) causaría el mismo efecto positivo en nuestro país. Porque si bien el obtener una mayoría absoluta suena bonito en el papel, no es certero que esta sea la única vía para garantizar el consenso que buscamos en nuestra vida política.

La pregunta que nos tenemos que hacer aquí es si ¿realmente estamos listos, como país y como ciudadanos, para este esquema? Porque más allá de buscar imitar a la mayoría de las democracias latinoamericanas que ya lo han hecho, deberíamos reflexionar si en nuestro caso particular, este tipo de elecciones funcionaría y si México, como democracia, está realmente preparado para ellas. Someter esta decisión a una discusión abierta entre gobierno y ciudadanía es fundamental para la vida política actual y futura de nuestro país, siempre pensando en no precipitarnos a emitir una opinión sin antes conocer los dos lados del asunto.



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