![]() |
| Universum, Grabado Flammarion, xilografía, publicada en París en 1888. |
Por Johan Dingler
Para ser sinceros, nunca me ha
quedado del todo claro qué es un mito, a pesar de que me fascinan. Usualmente,
al evocar lo mitológico, nuestros pensamientos se trasladan a la antigüedad.
Los mitos son cuentos que inventaban los antiguos para explicar su mundo. Y sin
embargo, me parece que esta es una concepción muy limitada de lo que es un
mito, en tanto que se le adjudica sólo a los antiguos. Lo que yo entiendo por
un mito (y quizá algún mitólogo o antropólogo esté a punto de carcajearse) es
sencillamente una narrativa que nos proporciona a un personaje en base al cual
desarrollar nuestra vida (probablemente sea algo más complejo, pero yo creo que
en esencia estoy bien). Un guion que cada individuo utiliza para ser parte de
esta divina comedia; y para ser parte de ayer, pero igualmente de hoy y de siempre:
nosotros tenemos nuestros Jasones y Teseos.
Por ejemplo, un hombre nace en una
familia que no es miserable pero tampoco está holgada económicamente hablando,
a pesar de la adversidad y apoyado en el esfuerzo de sus padres, se educa mucho
y va alcanzando pequeños logros, y cada pequeño logro es un escalón subido, y
cada escalón va conformando una brillante escalera, y eventualmente está en la
cima de esa brillante escalera y por fin ha trascendido su condición original:
para orgullo de sus padres y el suyo propio, es un hombre exitoso. Notemos que
no estamos hablando de nadie en particular, y sin embargo esta es una historia
que vemos una y otra vez en el cine, en la televisión, en novelas, y sobre todo,
en quienes nos rodean e incluso, probablemente, en nosotros mismos. Ahora, un
niño es alienado en la escuela, sus compañeros lo molestan mucho. Cuando crece
le tiene un cierto rencor al mundo, se aleja de él porque ahí ve esa otredad
que lo mantuvo aislado por tanto tiempo, y sin embargo no puede evitar también
sentir ternura y compasión para con él, y su sensibilidad siempre termina
saliendo a flote. ¿Les suena conocido? De nuevo, ¡podemos ver a alguien así en
todos lados! Y así como estos dos ejemplos hay muchos otros. Sin embargo,
tratemos de imaginar alguna de estas dos historias desarrollándose entre las
antiguas tribus salish del noroeste pacífico. Me parece que no tendría mucho
sentido. Pareciera que los mitos son realidades espacio-temporales. O quizá no,
y sucede que están siempre presentes, pero se cristalizan
espacio-temporalmente.
Observemos a quienes nos rodean, y
muy probablemente podamos asociar a cada persona a algún personaje, a algún
mito que recurre en nuestra cultura. Y es que pensémoslo por un momento, y qué
atrevido sería tomar una decisión totalmente personal en esta vida. ¡Qué
arrogancia y qué temeridad! Es más fácil, y da menos miedo, aferrarse a un
molde que esculpirse a sí mismo. Una cincelada en falso y el mármol se quiebra.
D.H. Lawrence lo ilustra, me parece, perfectamente en este pasaje:
“Why, oh why must one grow up, why must one inherit this heavy, numbing
responsibility of living an undiscovered life? Out of the nothingness and the
undifferentiated mass, to make something of herself! But what? In the obscurity
and pathlessness to take a direction! But whither? How take even one step? And
yet, how stand still? This was torment indeed, to inherit the responsibility of
one’s own life.”
Y además de lo terrorífico que podría resultar hacerlo,
¿siquiera será posible crearse a sí mismo? Somos animales miméticos. Platón
imaginaba que todo conocimiento es recuerdo y Salomón dio la sentencia de que
toda novedad no es más que olvido (Lord Bacon dixit). Yo no estoy muy seguro,
quizá no somos para nada creativos. Algunos dicen que sí, pero que sólo si se
es un GENIO. Y que estos genios son los que instituyen los mitos en primer
lugar. Otros dicen que no, y que todos estos mitos están almacenados in
illo tempore en la mente de Dios, colgados como trajes viejos, listos
para ser usados cada que se abre el telón. Quizá la segunda opción suene más
descabellada, pero yo no termino de inclinarme por ninguna de ellas. Incluso
podría ser una síntesis de ambas, y un genio es sencillamente un “mejor
explorador” que los demás. Y claro que, de cualquier modo, siempre hay algo de
único en todos nosotros, aunque me parece que es siempre más una cuestión
fortuita que de libertad. Lo que es un hecho es que, bajo el supuesto de que somos
(en tanto individuo, no sujeto), dentro de la influencia del mito no estamos
siendo plenamente (no se es el que Es), sino que es el mito quien intenta
encarnarse en nosotros.
Los existencialistas dicen que uno tiene que vencer estos
papeles y esculpirse a sí mismo. Los textos védicos, por otro lado, nos dicen
que es preciso reconocer el mito en uno mismo y no eliminarlo, sino observar su
desarrollo, con desapego (al fin y al cabo no somos el mito, lo verdadero y que
importa en nosotros está dado y es inalterable). Quizá no podamos vivir sin
estas muletas, o quizá podamos arrojarlas al mar con muchísima valentía, pero
invariablemente considero importante hacer introspección y preguntarnos, ¿qué
narrativa me estoy contando a mí mismo?, y recordar siempre que hay muchas
otras además de la nuestra. Jüng dijo “hasta que hagas consciente lo
inconsciente, dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino”. A los hombres nos
encanta que nos cuenten historias, y lo que nos narremos iremos buscando que
suceda, empujados por una absoluta certeza… Así que, ya meditaste; ahora, ¿te
gusta lo que proyectas para ti mismo? ¿no?, pues “es preciso que si alguien
muerde una pérfida serba la escupa”. ¡Jamás firmaste un contrato!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario