Por Denisse Mendoza
Hace algunos días México protagonizó notas en algunos medios de comunicación internacionales por una muy lastimosa razón: nuestro
país apareció en el primer lugar de la lista de los países miembros de la OCDE
con más altos niveles de corrupción y en decimotercer lugar en todo el mundo. Dicha
lista es elaborada en base al índice de competitividad anual que publica el
Foro Económico Mundial, en el que se califican a más de 130 países, basándose en una encuesta hecha a 15 mil líderes de negocios de 141 economías
mundiales que contestan una serie de preguntas sobre la percepción de la
corrupción en un país determinado.
Además del Foro Económico Internacional, existen otras organizaciones que emiten listados en los que destacan a México como uno de los países más corruptos del mundo, como Transparencia Internacional que publica el indice de Percepción de Corrupción. Los resultados arrojados en dicho indice nos sitúan muy cerca de países como Filipinas, Kosovo y Mali y muy lejos de otras economías emergentes (similares a la nuestra) como Uruguay, la India y Brasil. La cuestión es que los resultados de estos indices no presentan novedad alguna porque México ha venido encabezando listas similares a lo largo de los años, sin parecer mejorar de manera significativa a pesar de los "esfuerzos" del presente gobierno
Además del Foro Económico Internacional, existen otras organizaciones que emiten listados en los que destacan a México como uno de los países más corruptos del mundo, como Transparencia Internacional que publica el indice de Percepción de Corrupción. Los resultados arrojados en dicho indice nos sitúan muy cerca de países como Filipinas, Kosovo y Mali y muy lejos de otras economías emergentes (similares a la nuestra) como Uruguay, la India y Brasil. La cuestión es que los resultados de estos indices no presentan novedad alguna porque México ha venido encabezando listas similares a lo largo de los años, sin parecer mejorar de manera significativa a pesar de los "esfuerzos" del presente gobierno
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| Mapa de países medidos por su indice de corrupción |
Hablar de corrupción, inevitablemente es
hablar del gobierno y no por nada Transparencia Internacional define a la misma
como “el abuso del poder encomendado para
beneficio personal”. Estos abusos incluyen actos como el soborno, la extorsión,
el tráfico de influencias, el nepotismo, el fraude, la malversación de fondos,
el desvío de recursos, entre otros. Todas esas acciones dan la impresión de ser
el pan de cada día en nuestro país y como ejemplo tenemos algunos de los
recientes escándalos: la casa blanca de Peña Nieto, Ayotzinapa,
Oceanografía, Moreira, grupo Higa, Medina… y la lista continúa.
Es irónico que conociendo el gran problema
que representa la corrupción en nuestro país, el gobierno la ha subestimado y no se ha
esforzado lo suficiente en tratar de combatirla. Porque vivir bajo las aras de la
corrupción tiene graves consecuencias, económicamente hablando (nos cuesta 9%
del PIB cada año, según el Banco Mundial) y todo parece indicar que el gobierno ni
siquiera está consciente de ello. El
discurso público ha tratado de atribuir la falta de crecimiento económico a varias
razones, exceptuando el gran problema de la corrupción, y plantea como solución la implementación de las reformas estructurales
que buscan, principalmente, atraer inversión privada al país. Sin embargo, ahí
es donde se verá obstaculizada la meta de dichas reformas al toparse con la
corrupción.
Los efectos que tiene la corrupción son
numerosos: aumenta los costos de producción de las empresas (lo cual reduce la
rentabilidad), reduce la recaudación de impuestos del gobierno, propicia una
asignación ineficiente de recursos, pero, sobre todo, encarece (costos de
oportunidad) la inversión privada tanto local como extranjera en una economía
y, por ende, la reduce. Un país en el que la corrupción se vuelve sistemática y
se ven destruidas las reglas del juego (como el sistema jurídico, los derechos
de propiedad, el crédito, etc.) no es atractivo para que los empresarios
inviertan en él y si no hay inversión, no hay crecimiento.
Es casi inútil que se implemente cualquiera
que sea la reforma estructural si no se combaten los problemas desde su raíz,
si queremos crecer a tasas más elevadas y ser más productivos no podemos seguir
minimizando el impacto de la corrupción en el panorama económico del país. La
fórmula parece ser simple, si queremos atraer inversión (sobre todo extranjera)
necesitamos crear un ambiente sano para hacer negocios y la manera de lograr
esto es fortaleciendo nuestras instituciones, acabando con la impunidad y haciendo efectivas las leyes con las que ya contamos. Lo único difícil en este caso sería
implementarla…


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