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| Imagen de Paco Calderón, Grupo Reforma |
Por Joseluis Gtz. Longoria
Neville Chamberlain tenía miedo. Miedo
de volver a caer en la oscuridad, de llevar a su país de regreso a una guerra
sin cuartel. Las duras lecciones del pasado lo atormentaban como nubes grises
levantándose en el horizonte, fenómeno que recordaba al humo de las trincheras
europeas. El Primer Ministro británico en 1938 tenía miedo de Hitler, un
megalómano hablador sin escrúpulos, y se le ocurrió un plan para apaciguar la
furia del Führer: reunirse con él para tratar de dialogar y calmar al tirano.
¡Oh tragedia! Chamberlain regresó a Londres asegurando a sus compatriotas que
había logrado “la paz para nuestros
tiempos”. Hitler, mientras, reía a carcajadas. La guerra llegó de todos
modos a Londres.
Siglos antes, en el año 1066, Haroldo II
(Rey de Inglaterra) también tenía miedo. Miedo a Guillermo II de Normandía,
otro conquistador de épocas. Su estrategia fue la misma: reunirse con Guillermo
y calmar sus intenciones de dominación. Sin embargo, al regresar a Inglaterra
asegurando la paz, los normandos lo atacaron y conquistaron sin tregua a los
anglosajones. En esa ocasión tampoco sirvió la política de apaciguamiento.
A veces la historia es tan necia que tiende a repetirse. El pasado miércoles 31 de agosto de 2016 ocurrió un hecho, una infamia, que dejó a toda una nación sin palabras, incrédula y huérfana. Fuimos testigos de la visita del hombre que ha expresado a lo largo de un año y medio insultos contra nuestra nación: Donald J. Trump. ¿Quién lo invitó? Según fuentes del gobierno de México: ¡quién más! ¡Nuestro presidente, Enrique Peña Nieto!
A veces la historia es tan necia que tiende a repetirse. El pasado miércoles 31 de agosto de 2016 ocurrió un hecho, una infamia, que dejó a toda una nación sin palabras, incrédula y huérfana. Fuimos testigos de la visita del hombre que ha expresado a lo largo de un año y medio insultos contra nuestra nación: Donald J. Trump. ¿Quién lo invitó? Según fuentes del gobierno de México: ¡quién más! ¡Nuestro presidente, Enrique Peña Nieto!
En verdad que me gustaría poder dejar de
mencionar a dicho personaje de la presente columna, pero es que hemos llegado a
un punto histórico donde la investidura presidencial ha sido manchada sin
remedio al menos por los próximos 60 años. Generaciones enteras crecerán sin el
respeto al ejecutivo. A menos, claro, que llegue un personaje que realmente
tenga el suficiente capital político para hacer cambiar la opinión pública.
¡Pero vamos! ¿Y el asunto entre Peña y Trump?
No tengo la cantidad suficiente de
espacio para expresar el error histórico que dicha reunión significa, la
indignación y la humillación que hemos sufrido como mexicanos. En ningún otro
país se había recibido a Trump de la manera como fue recibido en México:
alfombra roja, helicóptero federal, guardias y un presidente que no le
recriminó absolutamente nada. ¿No haberle exigido una disculpa estuvo mal?
Juzgue usted: ningún otro país ha recibido la cantidad de insultos que Trump ha
hecho contra el pueblo mexicano. Y sin embargo somos los primeros en recibirlo
con vajilla de plata. ¡El mundo al revés!
La prensa mexicana, así como los diarios
internacionales, (algunos como The New
York Times y The Economist) no
logran comprender el motivo de la invitación, el motivo de la humillación. ¿Qué
estaba pensando el presidente al momento de tomar la decisión de traer al
“enemigo” a casa? Peña Nieto respondió que lo hizo en pro del diálogo y de la
democracia. Pero se equivoca. Él decidió tomar el papel del ministro
Chamberlain: sus intenciones eran las de apaciguar al candidato republicano. Pero
esto no lo sabe él, no entiende, no logra comprender que, citando las palabras
de Enrique Krauze: “A los tiranos no se
les apacigua, se les enfrenta”.
En el pecado está la penitencia: ¡Trump
ha escalado en las encuestas, impulsado por su reunión con Peña! Si cuando se
reunieron se encontraba en el fondo de su campaña, ahora vuelve a tener
posibilidades de ganarle a Hillary Clinton. El motivo es sencillo, Peña ha
hecho parecer al republicano todo un presidenciable, estatista y negociador.
Por si fuera poco, horas después del
histórico encuentro (y tratando de arreglar las cosas) fue el mandatario
mexicano quien primero remarcó vía Twitter que “México no pagará por el muro”.
Esto desató la furia de Trump que, según The
Wall Street Journal, había acordado dejar fuera de las discusiones sobre
quién pagará por el muro. Las nubes grises ya escalan el cielo. El deber implícito del presidente,
además de lo impuesto en la constitución, es cuidar de su país, de velar por su
pueblo, por aquellos que le dieron su confianza y tratar siempre de defender a
la nación de cualquier amenaza extranjera. Es por ello que hoy México no tiene
presidente. Crudo pero cierto.
Hablar de la palabra traición podría
llegar a ser lo correcto. ¿cuáles serán las consecuencias? Yo no soy ningún
adivino, pero si volteamos atrás en el tiempo, el error de Peña Nieto
significará la victoria de Trump en Estados Unidos, cortesía del mexicano. Y,
por supuesto, si antes existía duda de la capacidad del mandatario mexicano
para dirigir a la nación, hoy las cosas quedan claras. Su nivel de aprobación
el pasado mes de agosto fue de 23%, yo le aseguro que continuará bajando a
niveles históricos. Quedan dos años, ¡el cero es el límite!
Queda la cuestión de la invitación:
¿Intereses ocultos?, ¿algún mal consejo de sus no pocos “asesores”? El
presidente dice que lo bueno casi no se cuenta… “lástima” que aquí se cuenta
todo.

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