miércoles, 28 de septiembre de 2016

"El otro lado de la austeridad"




Por Denisse Mendoza


El pasado 8 de septiembre, casi inmediatamente después de la asignación de José Antonio Meade como nuevo titular de la SHCP, el gobierno federal anunció un recorte al presupuesto gasto público para el 2017 de 239 mil millones de pesos (1.2% del PIB). Este recorte sucede en un momento crítico para la Secretaría por el despido de Luis Videgaray y por la reciente crítica generada hacia la enorme deuda en la que está envuelta actualmente nuestro gobierno, motivos que parecen ser suficientes para que el gobierno busque promover una idea de responsabilidad y austeridad en sus finanzas. Sin embargo, la opinión pública, sobre todo de empresarios, no parece muy satisfecha con las recientes decisiones de la SHCP por considerar el recorte como insuficiente ya que afirman que aún existen rubros en los que se puede escatimar.



La realidad es que, más allá de las cuantías en el recorte (que pueden ser maquilladas), considero que es de más utilidad para el análisis el conocer los componentes que se vieron más afectados por el recorte. Para entender mejor lo anterior es necesario conocer los dos principales componentes del gasto gubernamental, que son gasto corriente y gasto en capital (inversión pública productiva). El gasto corriente comprende el destinado al mantenimiento y operación de los servicios que presta el país, por ejemplo: servicios como educación y salud, subsidios, transferencias, sueldos, etcétera. El gasto en capital comprende, como su nombre lo dice, la inversión pública como la compra de maquinaria, la construcción de carreteras, escuelas, hospitales, la producción de energéticos, entre otros.

En el presupuesto para el 2017, el componente del gasto que se vio más afectado fue el gasto en capital que se redujo en un 26% respecto al del año anterior (204,700 mdp). En cambio, la reducción en gasto corriente fue considerablemente menor, disminuyendo en 112,400 mdp. Estos datos, aunados al nivel de deuda pública (que llegará a alcanzar el 52% del PIB a final de este año) pintan un panorama muy preocupante. ¿Por qué preocupante? En primer lugar, la reducción de un presupuesto en el gasto no es buena por sí sola, el gobierno puede hablar de un presupuesto y al final del periodo ni siquiera cumplirlo, sobre todo el año que viene que se encuentra cercano a la próxima elección presidencial, cuando el gobierno suele gastar más de lo habitual. La realidad es que en este gobierno poco disciplinado financieramente existe una diferencia muy importante entre el gasto presupuestal que elaboran y el gasto público efectivo.

En segundo lugar, hablar de que la disminución en gasto de capital fue mayor que la disminución en gasto corriente va en contra de lo que debería de hacer un gobierno federal, porque si bien un menor gasto público da una buena imagen ante el panorama internacional, el reducir la inversión en infraestructura (que ya se encuentra en su menor nivel como porcentaje del PIB desde 1939) reduce el posible crecimiento económico del país a largo plazo y limita la posibilidad de acabar con la deuda actual.



Después de haber recortado el presupuesto varias veces en los últimos años, parece ser que estas constantes reducciones no han tenido los efectos esperados en el corto plazo ya que tanto el crecimiento económico, así como la deuda pública siguen en niveles muy lejanos de los esperados.

El reto para el gobierno actual y futuro debería ser comprender la importancia de la inversión como una de las vías más importantes para un crecimiento económico sostenido, porque al contrario de lo que piensa la administración actual, no debería tratarse solo de gastar menos, sino de hacerlo de una manera eficaz, eficiente y que vaya en el sendero correcto.

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