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| Denisse Mendoza Quinto Semestre Facultad Economía UANL |
Como
es bien sabido, Brasil, más específicamente Río de Janeiro, es actualmente la sede
de los Juegos Olímpicos, lo que ha hecho a la ciudad un foco para la prensa
internacional. Las notas periodísticas relacionadas a la ciudad no se limitan a
comentar puramente asuntos deportivos, sino que hay algo más que ha llamado la
atención de muchos: la situación social y económica que vive el país, razón por
la cual sus habitantes se han organizado para salir a las calles y protestar.
En circunstancias normales el que una ciudad se vuelva sede de un
acontecimiento tan importante como los Juegos Olímpicos es razón de esperanza y
felicidad para la población, sin embargo, en Brasil vemos que está sucediendo
lo contrario. Existe un descontento general en los brasileños y esto le puede
resultar difícil de comprender a cualquier persona que no viva en el país o que
no conozca la situación del mismo. Para explicar la misma, es necesario conocer
los antecedentes del país antes de este último año.
La decisión de Rio de
Janeiro como sede oficial de los Juegos Olímpicos se dio a conocer por el Comité
Olímpico Internacional (COI) en el 2009, convirtiéndose en la primera ciudad sudamericana
en celebrar los Juegos. Tal decisión del COI fue cuestionada por personas y
organizaciones externas al país porque se consideraba que las otras ciudades
candidatas (Madrid, por ejemplo) eran más aptas para desarrollar un evento de
magnitudes olímpicas, a diferencia de Río, donde tendría que construirse todo
(en su mayoría instalaciones deportivas) prácticamente desde cero. La respuesta
de la población brasileña al veredicto final del COI fue distinta a la reacción
internacional, Brasil se llenó de esperanza y se consideró una victoria para
todos; se desarrolló una idea en la que una gran inversión en infraestructura
para la realización de los Juegos sería la vía hacia el crecimiento de la economía
del país y por ende a una mejora en la situación social del mismo.
Sin embargo, con el paso de los años este
clima de optimismo e ilusión comenzó a opacarse con el aumento de la
inseguridad, la corrupción y la violencia no solo en Río de Janeiro sino en
todo el país además de la percepción de una economía débil y poco prometedora.
La situación se fue agravando y los brasileños, uno de los públicos más pamboleros del mundo, comenzaron a protestar en contra de la futura realización
de la Copa del Mundo 2014 en su país. Algo era claro: la mayoría de los
brasileños no querían un Mundial y muchas personas externas a la situación
local no entendían el porqué. La mayoría de las personas pensaban que habían
sido engañadas, sentían que les habían vendido la idea de un suceso que traería
desarrollo e impulso económico, pero la realidad era que al verse consolidado el
Mundial, se dieron cuenta de que la Copa del Mundo resultó ser la más cara en
la historia (8.000 millones de euros). Su gobierno incurrió en demasiados
gastos y sacrificios que superaron los beneficios de la misma, además de dar
prioridad a la construcción de estadios en lugar de dedicar recursos a otro
tipo de infraestructura que consideraban más necesaria (hospitales, escuelas
públicas, transporte público).
Los resultados oficiales indican que a pesar de
la masiva inversión que realizó el país para llevar a cabo la Copa, su economía
no pareció mejorar ya que hoy, a dos años de haberse terminado el
acontecimiento, Brasil se encuentra al borde de su peor recesión económica en
25 años. Si algo le dejó a Brasil su Copa del Mundo es un mal sabor de boca y
es por eso que hoy en día, con la realización de los Juegos Olímpicos, los habitantes de Rio de Janeiro se están lanzando a la calle, preocupados por la manera
en la que su gobierno ha llevado a cabo la realización estos eventos. La
desesperanza es un clima del día a día y esto se ve reflejado en donde quiera
que se mire: las escuelas públicas llevan meses en huelga, los trabajadores
públicos no reciben sus salarios a tiempo y el transporte público es un caos.
Aunque la persona promedio en Brasil llegó a comprender los errores de su
gobierno, este es el que parece no aprender: para llevar a cabo los Juegos,
Brasil ha incurrido en gastos de casi 11.000 millones de euros, 6.000 millones más de lo que se tenía
contemplado originalmente, poniendo en duda la rentabilidad de semejante
inversión. A los ojos de las personas los únicos que parecen estar
ganando con la situación son las empresas multinacionales. Aunque es temprano
para calcular los resultados económicos de tales inversiones, desde ahora para los
brasileños el futuro no luce nada prometedor y la gran pregunta que hicieron,
se hacen y se harán es si alguno de estos eventos habrá valido la pena. Parece
ser que muchos ya tienen la respuesta.

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