martes, 9 de agosto de 2016

¿El sueño brasileño?

Denisse Mendoza
Quinto Semestre
Facultad Economía UANL

Como es bien sabido, Brasil, más específicamente Río de Janeiro, es actualmente la sede de los Juegos Olímpicos, lo que ha hecho a la ciudad un foco para la prensa internacional. Las notas periodísticas relacionadas a la ciudad no se limitan a comentar puramente asuntos deportivos, sino que hay algo más que ha llamado la atención de muchos: la situación social y económica que vive el país, razón por la cual sus habitantes se han organizado para salir a las calles y protestar. En circunstancias normales el que una ciudad se vuelva sede de un acontecimiento tan importante como los Juegos Olímpicos es razón de esperanza y felicidad para la población, sin embargo, en Brasil vemos que está sucediendo lo contrario. Existe un descontento general en los brasileños y esto le puede resultar difícil de comprender a cualquier persona que no viva en el país o que no conozca la situación del mismo. Para explicar la misma, es necesario conocer los antecedentes del país antes de este último año. 

La decisión de Rio de Janeiro como sede oficial de los Juegos Olímpicos se dio a conocer por el Comité Olímpico Internacional (COI) en el 2009, convirtiéndose en la primera ciudad sudamericana en celebrar los Juegos. Tal decisión del COI fue cuestionada por personas y organizaciones externas al país porque se consideraba que las otras ciudades candidatas (Madrid, por ejemplo) eran más aptas para desarrollar un evento de magnitudes olímpicas, a diferencia de Río, donde tendría que construirse todo (en su mayoría instalaciones deportivas) prácticamente desde cero. La respuesta de la población brasileña al veredicto final del COI fue distinta a la reacción internacional, Brasil se llenó de esperanza y se consideró una victoria para todos; se desarrolló una idea en la que una gran inversión en infraestructura para la realización de los Juegos sería la vía hacia el crecimiento de la economía del país y por ende a una mejora en la situación social del mismo. 

Sin embargo, con el paso de los años este clima de optimismo e ilusión comenzó a opacarse con el aumento de la inseguridad, la corrupción y la violencia no solo en Río de Janeiro sino en todo el país además de la percepción de una economía débil y poco prometedora. La situación se fue agravando y los brasileños, uno de los públicos más pamboleros del mundo, comenzaron a protestar en contra de la futura realización de la Copa del Mundo 2014 en su país. Algo era claro: la mayoría de los brasileños no querían un Mundial y muchas personas externas a la situación local no entendían el porqué. La mayoría de las personas pensaban que habían sido engañadas, sentían que les habían vendido la idea de un suceso que traería desarrollo e impulso económico, pero la realidad era que al verse consolidado el Mundial, se dieron cuenta de que la Copa del Mundo resultó ser la más cara en la historia (8.000 millones de euros). Su gobierno incurrió en demasiados gastos y sacrificios que superaron los beneficios de la misma, además de dar prioridad a la construcción de estadios en lugar de dedicar recursos a otro tipo de infraestructura que consideraban más necesaria (hospitales, escuelas públicas, transporte público). 

Los resultados oficiales indican que a pesar de la masiva inversión que realizó el país para llevar a cabo la Copa, su economía no pareció mejorar ya que hoy, a dos años de haberse terminado el acontecimiento, Brasil se encuentra al borde de su peor recesión económica en 25 años. Si algo le dejó a Brasil su Copa del Mundo es un mal sabor de boca y es por eso que hoy en día, con la realización de los Juegos Olímpicos, los habitantes de Rio de Janeiro se están lanzando a la calle, preocupados por la manera en la que su gobierno ha llevado a cabo la realización estos eventos. La desesperanza es un clima del día a día y esto se ve reflejado en donde quiera que se mire: las escuelas públicas llevan meses en huelga, los trabajadores públicos no reciben sus salarios a tiempo y el transporte público es un caos. Aunque la persona promedio en Brasil llegó a comprender los errores de su gobierno, este es el que parece no aprender: para llevar a cabo los Juegos, Brasil ha incurrido en gastos de casi 11.000 millones de euros, 6.000 millones más de lo que se tenía contemplado originalmente, poniendo en duda la rentabilidad de semejante inversión. A los ojos de las personas los únicos que parecen estar ganando con la situación son las empresas multinacionales. Aunque es temprano para calcular los resultados económicos de tales inversiones, desde ahora para los brasileños el futuro no luce nada prometedor y la gran pregunta que hicieron, se hacen y se harán es si alguno de estos eventos habrá valido la pena. Parece ser que muchos ya tienen la respuesta.

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