lunes, 8 de agosto de 2016

Textos de Camelot: ¿Han vuelto?

Joseluis Gtz. Longoria
Quinto Semestre
Facultad Economia UANL
¿Qué le está ocurriendo a la sociedad Occidental? ¿Acaso estamos ante el comienzo del declive natural de una civilización para dar paso a una nueva? Tan solo hace unas semanas Gran Bretaña decidió de manera democrática su salida de la Unión Europea, el más grande y ambicioso mercado en conjunto con el TLCAN que se ha formado (y aprobado) hasta nuestros días. Inmediatamente después los grupos de extrema derecha europeos declararon un rotundo triunfo y prometieron hacer lo mismo en sus respectivos países: Francia, Austria, Países Bajos, Suecia y Dinamarca. ¡Todos menos Alemania! ¿Realmente están justificadas sus acciones? La respuesta está en analizar a Occidente, a nosotros mismos.

Desde que Temístocles derrotó al ejército persa de Dario I en la batalla de Maratón hace más de 2400 años, Occidente ha manejado sin duda alguna la agenda mundial (adiós China, Corea y Japón de la presente columna, ¡aunque buen intento China!).
Si el Imperio Romano nos dio el trono y la corona, el cristianismo otorgó el alma y el corazón a nuestra cultura. El motivo por el cual convivir y reconocer a los nuestros. A partir de entonces hemos cambiado de tantas maneras que a veces es difícil reconocernos. Entonces “¿y el tema del Brexit Joseluis?” ¡Para allá vamos!


Existió la tendencia a partir del final de la época medieval de comenzar la unión de las pequeñas aldeas y feudos en grandes estados llamados reinos. El beneficio de la unión era mutuo: el Rey otorgaba protección lo que traía consigo seguridad y los súbditos lo agradecían con su producción. Teníamos un equilibrio que beneficiaba a ambas partes. El proceso de integración tardó siglos y concluyó con la creación del Imperio Alemán en 1871. A partir de ese momento comenzó sigilosamente una lucha interna dentro de nuestra cultura: dio inicio la discordia de dos agendas que desean definir el futuro de la sociedad occidental. La agenda nacionalista y la agenda de la globalización.

La primera en mostrar sus armas fue la agenda nacionalista: Ellos creen firmemente que todo lo bueno que existe se encuentra dentro de su territorio y si falta algo ¡habrá que invadir! porque “el comercio internacional no funciona, saldrían perdiendo, los países se aprovecharían de ellos”, hacer tratos simplemente no es lo suyo. (De pronto el eco de cierto candidato presidencial republicano se hace presente mientras escribo estas líneas.) Al principio la mayoría de los países mostraban síntomas de tener dicha agenda en sus mentes: La Primera Guerra Mundial sirvió para medir sus fuerzas contra la agenda de la aldea global. Sin embargo, la lucha no dejo a ningún claro vencedor y la semilla del odio crecería lista para brotar de nuevo con cierto candidato que solía dejar de lado lo políticamente correcto y hablaba de manera popular. Un personaje megalómano que prometió devolver la grandeza a Alemania: Adolf Hitler.

A pesar de ello, los exponentes de la agenda globalizadora: principalmente Estados Unidos y curiosamente Inglaterra (motivada por sus banqueros) lograron imponer sus ideas al finalizar la guerra. Desde 1945 dicha agenda ha dominado el panorama completo: Mayor comercio global, telecomunicaciones, tratados de libre comercio, uniones económicas, disminución del nacionalismo y del sentimiento patriota. Su único obstáculo durante dicho tiempo fue la URSS y al final terminó de molestarlos en 1991. Cuando la globalización llegó a su máximo auge en los años 2000, puesto que no tenía rival importante alguno, comenzó a germinar nuevamente la semilla del odio dentro de los nacionalistas, quienes regresaron de su sueño. Ellos, dicen, se ven afectados culturalmente y económicamente sin saber que el comercio internacional los beneficia más de lo que los perjudica (si es que perjudica).

De esa manera se abrió la puerta a la entrada de sentimientos de furia, odio y frustración entre la gente y dichos sentimientos están siendo aprovechados por megalómanos que no tienen la menor intención de decirles la verdad. ¡Les dictan un discurso plagado de mentiras, de falacias! Aseguran que el mundo está en la ruina máxima y solo ellos pueden liberarlos. ¡Tienen ojos y no ven, pies y no caminan! Lo peor: el pueblo los sigue, los ama, creen ciegamente en ellos y sus falsos discursos, por ello se explican fenómenos como el Brexit, por ello el ascenso de Trump.

Sin embargo, lo que está ocurriendo es, desafortunadamente, natural. El mundo necesita un contrapeso. Al llegar al auge la globalización, segura de sí misma, sin rival alguno, su contrapeso surgió dentro de la misma sociedad. El equilibrio de fuerzas está por medirse de nuevo, en las anteriores ocasiones hubo guerras. Ahora ¿demagogia? Quien gane dirigirá su agenda al menos por los próximos 8 años. ¿Esto representa el declive de la sociedad occidental? Me atrevo a afirmar que no, puesto que soy un hombre optimista. Es cierto, la agenda anti-comercio despertó, pero no se puede engañar a las masas eternamente. Al final la verdad y el amor prevalecen sobre la mentira y el odio. Pero ahora lo sabemos: han vuelto y quizás nunca se fueron.

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