viernes, 26 de agosto de 2016

El norte mexicano: letras y carne asada

Vista desde el Obispado
Monterrey, Nuevo León

Por Alan Armendáriz Olivo

Alguna vez José Vasconcelos dijo que “la cultura termina donde empieza la carne asada”. Pues no, compadre, le dice Sada. Y es que el norte, ese territorio mítico de México que pareciera que sólo los norteños conocemos en toda su caleidoscopía, es mejor retratado por un norteño. Esto es lo que hace Daniel Sada (Mexicali, México; 1953) en Ese modo que colma (Anagrama; Barcelona, 2010). Once cuentos es todo lo que necesita para retratar, con ese característico barroco desértico, tantas facetas de nuestro querido norte, haciendo uso de escenografías cinceladas en el imaginario colectivo norteño: la vivienda rural, el fraccionamiento plagado de casas iguales, la hacienda, la cantina.

El primer texto: un corrido. Más bien la adaptación de uno, el de Rosita Alvírez. “El gusto por los bailes”, escrito en verso, nos cuenta las peripecias de Rosita, quien por escaparse al baile sin permiso, fuera baleada por Hipólito, el macho desairado. Pero no todo son balazos y tragedia, Ese modo que colma es un libro cargado de personajes con preocupaciones y aspiraciones completamente normales. Desde el burócrata desempleado entregado a la lectura de Joyce y Hermann Broch en “Atrás quedó lo disperso”; hasta Fulano de Tal, el narco retirado cuya máxima aspiración es el que sus horas de sueño tripliquen las de vigilia en “Esto va a estallar”.


Después: el sino. Las moiras a la carga. Personajes que ven su vida cambiada para bien o para mal gracias a una casualidad o un evento inesperado. Así, por ejemplo, es que en “Un cúmulo de preocupaciones que se transforma” Dámaso se queda sin esposa y sin suegra, por andarse yendo a meditar a la intemperie, donde un extraño fenómeno meteorológico parece cambiarlo de realidad. Así también Moisés, en “El diablo en una botella”, se aleja por fin de los juegos de azar a causa de una diabólica aparición. Y así es como sucede en “Un camino siempre recto”, donde el asesinato de Cid Chavira a manos de su patrón Arturo se lleva de encuentro vidas y destinos; sobre todo el de Manuela, su esposa, y los de sus hijos, quienes se ven obligados a escapar hacia el sur por una infinita carretera “dudosos, mudos, inquietos, cejijuntos, lívidos, ominosos…”.



Ese modo que colma, Daniel Sada (2010). Editorial Anagrama


Leer a Sada es en definitiva un ejercicio demandante, empero satisfactorio. En todos sus cuentos hace alarde de un amplísimo vocabulario, de un estilo barroco salpicado de regionalismos y de habla popular que hacen del mismo lenguaje un elemento esencial en la literatura “sadiana”, prácticamente un personaje más, y que es partícipe de todos sus cuentos. Pero a fin de cuentas, nos queda el hombre (y la mujer) común en situaciones poco frecuentes. Y un tema que circunscribe a todos los relatos en este libro: el azar. Nos presenta Sada ese destino cambiante, ese vuelco en la realidad que de un momento a otro nos sacude bruscamente y nos deja a la deriva, como a Moisés, “a esperar que algo insólito ocurriera. ¿O no? ¿O cómo? ¿O qué?”.

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