Por Denisse Mendoza
Cada
11 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Niña, establecido por la
Asamblea General de las Naciones Unidas por primera vez en el 2011, con un
propósito previamente establecido que es el de dar a conocer a la comunidad
internacional el panorama en el que viven las niñas de todo el mundo y los problemas
que enfrentan, así como promover los derechos de las mismas. La importancia de
lo que representa el conmemorar este día no es poca, considerando que
actualmente hay 1100 millones de niñas en el mundo y el potencial de muchas de
ellas se ha visto frenado por distintos problemas que específicamente afectan a
este grupo como la violencia de género, la discriminación y la falta de
oportunidades.
Históricamente,
las niñas (y adolescentes) han sido un grupo vulnerable de la población, sobre
todo en ciertas sociedades en las que la figura masculina es muy predominante
(culturas machistas) y por lo mismo se les priva de derechos tan fundamentales
como el acceso a la educación, a la salud y a empleos bien remunerados. Negarle
a un grupo tan numeroso un derecho básico como la educación tiene graves
problemas no solo para el entorno social, sino también para la economía
mundial. En palabras de Michelle Obama “educar a las niñas no solo transforma
sus perspectivas de vida, también transforma naciones”.
Aunque
a simple vista parezca que la educación está garantizada para todos y todas, la
realidad indica que no es así y, por lo mismo, no debemos minimizar el
problema. En la actualidad existen más de 62 millones de niñas que no tienen la
posibilidad de recibir una educación por distintas razones, lo cual además de
representar un problema económico también se convierte en uno de salud pública.
Las niñas que tienen mayores niveles escolaridad tienden a tener un mejor
estilo de vida, libre de embarazos a temprana edad o no deseados, así como de
enfermedades de transmisión sexual.
En el
ámbito económico, es casi obvio que una niña sin educación no podrá
desarrollarse académicamente y esto la llevará a verse incapacitada para
obtener un empleo bien remunerado, que en el largo plazo (y a gran escala)
termina por entorpecer el crecimiento económico del país donde se presente esa
situación. Existe una gran variedad de literatura que señala la importancia de
que un grupo tan numeroso y vulnerable como lo son las niñas reciba buena educación,
por ejemplo, hay estudios que
muestran que por cada año de escolaridad que curse cada niña, su ingreso
laboral puede aumentar hasta en un 20% y que avanzar en la equidad de género
podría aumentar hasta 11% el PIB mundial (según el Instituto Global McKinsey). El
economista Lawrence Summers incluso afirma: “la
inversión en la educación de las niñas podría verdaderamente ser la inversión
de mayor retorno disponible en el mundo en desarrollo”.
Garantizarle
el acceso a educación, a servicios de salud y a oportunidades en igualdad de
condiciones a todas las niñas del mundo es el principal objetivo de la creación
de un día como este porque, evidentemente, invertir en ellas no solo mejora sus
oportunidades de vida, también fortalece el desarrollo económico y social de su
entorno, sobre todo en el largo plazo. Es por ello que es de gran relevancia el
concientizarnos sobre lo que este día representa y no minimizar los problemas a
los que este grupo de la población se enfrenta día con día.
Sensibilizar
a la sociedad sobre la urgencia de avanzar en temas de discriminación,
violencia y falta de oportunidades para niñas y adolescentes es necesario para
garantizar los derechos humanos de las mismas y con esto alcanzar las metas de
desarrollo planteadas por la ONU. El “sacrificio” es por ellas, pero el
beneficio y el progreso es para todos, sobre todo para las generaciones
futuras.

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