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| José Saramago (Azinhaga, Portugal; 1992) |
Por Alan Armendáriz Olivo
La idea del doppelgänger, el
“doble andante”, es harto seductora si consideramos que existen casi 7.5
billones de personas en el mundo. Es sólo cuestión de probabilidad, podríamos
pensar. ¿Pero es en realidad probable? Es decir, la probabilidad de que lo
encontremos existe, pero es claro que tiende a cero. La condición de compartir
información genética idéntica y además coincidir temporalmente con tu doble
sólo podría ser atribuida a un fenómeno paranormal. Habiendo considerado lo
anteriormente expuesto, cabe preguntarnos: ¿Cómo reaccionaríamos ante un
encuentro con un individuo idéntico a nosotros? ¿Cuánto tiempo aguantaríamos
viendo amenazada nuestra individualidad por este usurpador? Esta es la historia
que nos presenta José Saramago (Azinhaga, Portugal; 1922) en su novela El hombre duplicado (Alfaguara; México,
2003).
Un día cualquiera: el profesor de
historia Tertuliano Máximo Afonso, personaje abatido por la característica
monotonía de la vida en una gran ciudad y la infranqueable carga de su vetusto
nombre, se presenta a dar clase. En una conversación casual, su compañero
profesor de matemáticas le recomienda la película “Quien no se amaña no se
apaña”. Dispuesto a probar cosas nuevas con el fin de olvidarse por ratos del
marasmo lo que lo aqueja, se decide por ver la película. Cae la noche y nada
nuevo. Cuando se dispone a dormir, una idea lo sorprende y lo absorbe de
inmediato. Regresa a ver la película y descubre nada más y nada menos que un
actor secundario idéntico a él. Ve la película de nuevo, luego ve seis, luego
treinta y seis; naturalmente todas de la misma productora, esto con el fin de
descubrir el nombre del susodicho. Así es como empiezan las desventuras de este
hombre quien, buscando encontrarse con su doble, busca también respuestas.
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| El Hombre duplicado, José Saramago (2002), Alfaguara |
Como es costumbre, Saramago
plantea cuestiones de carácter filosófico con la suficiente profundidad como
para captar nuestro interés. Sobra decir que dichas cuestiones no son resueltas
en clave filosófica, sino desarrolladas novelísticamente. Tenemos por ejemplo
el tema de la identidad: ¿Qué conforma nuestra identidad? ¿Qué nos define como
personas individuales y únicas? Naturalmente, para completar la dicotomía,
tenemos la otredad, algo conflictiva de hecho: ¿Cómo reconocer al otro como
otro, si lo percibimos idéntico a nosotros?
Si bien la complejidad de las
cuestiones y el tratamiento de los temas podría parecernos algo ambicioso,
puedo afirmar con seguridad que, al menos para los seguidores del Nobel
portugués, la técnica narrativa en esta novela es algo que no decepciona. Siendo
que justo la semana pasada reseñaba a un autor con un uso quirúrgico de la
puntuación, el escritor que ahora abordamos es mucho más laxo en este sentido.
Saramago elimina puntos, paréntesis, signos de interrogación, integra los
diálogos al texto y también al narrador, de manera que lo que se lee está
dispuesto como se dice y como se oye.
En cuestiones formales, cabe
resaltar el “protagonismo” de su narrador, en algún punto parece que el
narrador incluso actúa como conciencia del protagonista, trayéndonos reminiscencias
nivolescas a la Unamuno. Además, algo que siempre vamos a encontrar en las
novelas de Saramago, son esas observaciones y reflexiones agudas sobre temas
diversos, y este caso no es la excepción. Dentro de las numerosas digresiones,
aborda por momentos temas como la naturaleza de la historia o del lenguaje, de
las relaciones interpersonales o de la función del individuo dentro de la
sociedad.
En fin, van ya cinco párrafos y
siento que nada he dicho. En resumen, una novela de lectura fluida con un
argumento interesante que plantea cuestiones filosóficas; un estilo que rompe
convencionalismos y que introduce interesantes reflexiones personales. ¿Algo
que agregar? Tal vez el suspenso utilizado para desarrollar la historia, o la
persecución del enemigo que desencadena riñas, insultos y hasta infidelidades.
Ah, y claro, la circularidad de la novela, el principio es el fin y el fin es…,
el eterno retorno, como diría Nietzsche.


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