jueves, 1 de septiembre de 2016

El hombre duplicado o “de doppelgänger y eterno retorno”



José Saramago (Azinhaga, Portugal; 1992)

Por Alan Armendáriz Olivo

La idea del doppelgänger, el “doble andante”, es harto seductora si consideramos que existen casi 7.5 billones de personas en el mundo. Es sólo cuestión de probabilidad, podríamos pensar. ¿Pero es en realidad probable? Es decir, la probabilidad de que lo encontremos existe, pero es claro que tiende a cero. La condición de compartir información genética idéntica y además coincidir temporalmente con tu doble sólo podría ser atribuida a un fenómeno paranormal. Habiendo considerado lo anteriormente expuesto, cabe preguntarnos: ¿Cómo reaccionaríamos ante un encuentro con un individuo idéntico a nosotros? ¿Cuánto tiempo aguantaríamos viendo amenazada nuestra individualidad por este usurpador? Esta es la historia que nos presenta José Saramago (Azinhaga, Portugal; 1922) en su novela El hombre duplicado (Alfaguara; México, 2003). 

Un día cualquiera: el profesor de historia Tertuliano Máximo Afonso, personaje abatido por la característica monotonía de la vida en una gran ciudad y la infranqueable carga de su vetusto nombre, se presenta a dar clase. En una conversación casual, su compañero profesor de matemáticas le recomienda la película “Quien no se amaña no se apaña”. Dispuesto a probar cosas nuevas con el fin de olvidarse por ratos del marasmo lo que lo aqueja, se decide por ver la película. Cae la noche y nada nuevo. Cuando se dispone a dormir, una idea lo sorprende y lo absorbe de inmediato. Regresa a ver la película y descubre nada más y nada menos que un actor secundario idéntico a él. Ve la película de nuevo, luego ve seis, luego treinta y seis; naturalmente todas de la misma productora, esto con el fin de descubrir el nombre del susodicho. Así es como empiezan las desventuras de este hombre quien, buscando encontrarse con su doble, busca también respuestas.

El Hombre duplicado, José Saramago (2002), Alfaguara

Como es costumbre, Saramago plantea cuestiones de carácter filosófico con la suficiente profundidad como para captar nuestro interés. Sobra decir que dichas cuestiones no son resueltas en clave filosófica, sino desarrolladas novelísticamente. Tenemos por ejemplo el tema de la identidad: ¿Qué conforma nuestra identidad? ¿Qué nos define como personas individuales y únicas? Naturalmente, para completar la dicotomía, tenemos la otredad, algo conflictiva de hecho: ¿Cómo reconocer al otro como otro, si lo percibimos idéntico a nosotros?

Si bien la complejidad de las cuestiones y el tratamiento de los temas podría parecernos algo ambicioso, puedo afirmar con seguridad que, al menos para los seguidores del Nobel portugués, la técnica narrativa en esta novela es algo que no decepciona. Siendo que justo la semana pasada reseñaba a un autor con un uso quirúrgico de la puntuación, el escritor que ahora abordamos es mucho más laxo en este sentido. Saramago elimina puntos, paréntesis, signos de interrogación, integra los diálogos al texto y también al narrador, de manera que lo que se lee está dispuesto como se dice y como se oye.

En cuestiones formales, cabe resaltar el “protagonismo” de su narrador, en algún punto parece que el narrador incluso actúa como conciencia del protagonista, trayéndonos reminiscencias nivolescas a la Unamuno. Además, algo que siempre vamos a encontrar en las novelas de Saramago, son esas observaciones y reflexiones agudas sobre temas diversos, y este caso no es la excepción. Dentro de las numerosas digresiones, aborda por momentos temas como la naturaleza de la historia o del lenguaje, de las relaciones interpersonales o de la función del individuo dentro de la sociedad.

En fin, van ya cinco párrafos y siento que nada he dicho. En resumen, una novela de lectura fluida con un argumento interesante que plantea cuestiones filosóficas; un estilo que rompe convencionalismos y que introduce interesantes reflexiones personales. ¿Algo que agregar? Tal vez el suspenso utilizado para desarrollar la historia, o la persecución del enemigo que desencadena riñas, insultos y hasta infidelidades. Ah, y claro, la circularidad de la novela, el principio es el fin y el fin es…, el eterno retorno, como diría Nietzsche.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario