Por Joseluis Gtz. Longoria
Luis Donaldo Colosio es un
personaje complicado de estudiar. No existe evidencia alguna del motivo de su supuesto rompimiento con el presidente Salinas. Lo que sí existe es evidencia
de una lucha interna entre él y el partido oficial desde años atrás. Colosio
permitió las primeras derrotas del PRI en el país, incluso llegó a asegurar que
la derrota del PRI era lo que la democracia necesitaba.
No es ninguna suposición que trató
de reformar al partido. Existe evidencia en la prensa escrita de los
comentarios anti-sistema de Colosio, entonces presidente del PRI. Pero el
mandatario Salinas, quien le había otorgado anteriormente el permiso para
comenzar las reformas democráticas, le dio un alto a comienzos de los años noventa
aconsejándole al jefe partidista que los cambios son buenos, pero que él iba
demasiado rápido.
El hubiera no existe, pero es casi
seguro que lo que planeaba cambiar Luis Donaldo como presidente era el poder
omnipresente del partido oficial. Desconozco como habrían
cambiado otros factores y sería mera especulación hablar de ello, sin embargo, lo que no es especulación es lo
que ocurrió aquel 23 de marzo de 1994.
El panorama previo a la fecha en
cuestión fue turbio: Salinas continuó incrementando las dudas de los
mexicanos así como las ventas de los periódicos al no mandar un mensaje claro de respaldo a “su” candidato. En un segundo frente, Manuel Camacho superó en popularidad a
Colosio debido a su trabajo como mediador de la paz en Chiapas. Las fotos con
el Sub-comandante Marcos (el jefe de la guerrilla) no tenían precio; Camacho
tenía mucho que agradecerle a la guerra zapatista por su cada vez mayor rating
en los periódicos y a Salinas por nombrarlo encargado. En el contexto de
aquella época eso era algo completamente inesperado. Colosio estaba cada vez
más solo.
En resumen, la situación de Colosio
en marzo del 94 es la de un candidato que se sentía opacado y sin apoyo. Un
apoyo que perdió a mitad de la campaña. Sin lugar a dudas Luis Donaldo bien se
pudo haber preguntado: “¿Por qué el presidente no aclara todo?, ¿por qué el PRI
no me otorga el apoyo necesario en campaña?, ¿por qué dejan a Camacho seguir
ganando popularidad?”
Debido a toda la presión que
llevaba en sus hombros, Colosio decidió aclarar las cosas y responderle al jefe
en turno. Su discurso aquel 6 de marzo fue una clara crítica a Salinas de
Gortari. Colosio era el candidato, pero parecía que la cúpula priista no le
otorgaría su apoyo.
El día anterior al atentado El
Norte publicó la última declaración de Manuel Camacho: “Siempre no”. El
comisionado de paz en Chiapas por fin se pronunciaba al respecto y aclaraba que no
competiría por la presidencia. Este hecho devuelve la tranquilidad a la mente del
candidato oficial. A partir de ese momento Colosio se concentró en sus actos de
campaña agendados para el fatídico día siguiente, 23 de marzo de 1994. Resulta de lo más curiosa la intervención de Camacho un día antes del atentado.
El avión llegó a Tijuana a las
cuatro de la tarde. El economista se trasladó a Lomas Taurinas y, en medio de
una multitud llena de muestras de apoyo al tlatoani
mexicano, Colosio pronunció su discurso elevando a las masas en un intenso mar
de esperanza. Uno puede pensar que estoy exagerando, pero esto no es difícil de
creer: cuando el orador es experto, la gente reacciona con histeria, no importa
quién sea la persona en frente y Luis Donaldo era un orador experimentado desde
niño.
En punto de las 5:10 pm el
candidato priista terminó su acto de campaña y la música hizo acto de presencia
censurando cualquier grito. Cientos de personas comenzaron a agobiar a los
guardias personales rodeando a Colosio. Ellos querían saludarlo, conocerlo,
vivir la experiencia (no existían smartphones para sustituir nuestros ojos). Luis
Donaldo, naturalmente, aceptó.
Era un espectáculo de total
confusión en una tierra de difícil acceso. Dos minutos más tarde ocurrió lo extraño:
su guardia personal rompió el cerco permitiendo a un joven michoacano colocar
su revolver calibre .38 en la sien del candidato y detonar la bala asesina. El
arma destruyó instantáneamente todo lo que tocó a su paso y, por si fuera poco, una
segunda bala penetró en su abdomen. El supuesto culpable se llama Mario Aburto.
A continuación, más confusión,
llanto y lágrimas. La gente comenzó a gritar ¡pero ahora de terror! “¡Le dieron, le dieron!” gritaban los
asistentes mientras la música cedía. Para los encargados es
imposible tomar una decisión y, en medio de las confusiones, la vida de Luis
Donaldo Colosio se pierde.
El anuncio se da en cadena
nacional. Aquella noche, según escribe la editorial de El Norte, la reacción de los regiomontanos fue de total tristeza y perplejidad. No importaba el
partido en el que militaran, las personas sentían que algo fuera de su
compresión acababa de ocurrir en el país, sentían que a partir de ese momento México
vestía de luto. La paz se había roto. ¡Habían matado al futuro presidente! Los
taxistas de Monterrey vestían moños negros y los autos tenían mensajes
luctuosos. Una sensación extraña recorría la mente de los ciudadanos de
Monterrey.
En el resto del país la reacción no
fue menor. El presidente Salinas promete Justicia, (Justicia que nunca llegaría).
Mario Aburto es condenado a prisión, asegura actuar solo. Sin embargo, al
momento de presentarlo a las cámaras la gente se da cuenta del hecho: el
criminal de la televisión NO es el mismo hombre que aparece en las fotos de
Tijuana. El escándalo no afecta el juicio, de todas maneras, la decisión ya
estaba tomada. Él es Mario Aburto, le guste al pueblo o no.
…
Lo que nos queda hoy es una visión
de esperanza. Algunas personas ven lo que pudo haber sido y se hunden en su
pensamiento. Yo aconsejo ir más lejos. Tomar esta lección de la historia como
una fuente de inspiración para tratar de mejorar su situación actual. Solo así
la muerte de aquellas personas que buscan reformar su país tendrán un verdadero
significado. Lo escrito, escrito está.
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