jueves, 23 de marzo de 2017

23 de marzo (Parte 2)


Por Joseluis Gtz. Longoria


Luis Donaldo Colosio es un personaje complicado de estudiar. No existe evidencia alguna del motivo de su supuesto rompimiento con el presidente Salinas. Lo que sí existe es evidencia de una lucha interna entre él y el partido oficial desde años atrás. Colosio permitió las primeras derrotas del PRI en el país, incluso llegó a asegurar que la derrota del PRI era lo que la democracia necesitaba.

No es ninguna suposición que trató de reformar al partido. Existe evidencia en la prensa escrita de los comentarios anti-sistema de Colosio, entonces presidente del PRI. Pero el mandatario Salinas, quien le había otorgado anteriormente el permiso para comenzar las reformas democráticas, le dio un alto a comienzos de los años noventa aconsejándole al jefe partidista que los cambios son buenos, pero que él iba demasiado rápido.

El hubiera no existe, pero es casi seguro que lo que planeaba cambiar Luis Donaldo como presidente era el poder omnipresente del partido oficial. Desconozco como habrían cambiado otros factores y sería mera especulación hablar de ello, sin embargo, lo que no es especulación es lo que ocurrió aquel 23 de marzo de 1994.

El último acto de campaña de aquel día se desarrolló en Lomas Taurinas (Tijuana), una colonia pobre y en búsqueda de un futuro mejor. El lugar era una trampa geográfica por excelencia: era la plaza de más difícil acceso (y salida), en caso de una emergencia los servicios reaccionarían tarde pero, a pesar de todo lo anterior, Colosio decidió asistir sin duda alguna a su evento agendado. Quizás una parte dentro de sí ya le pronosticaba el desenlace. 

El panorama previo a la fecha en cuestión fue turbio: Salinas continuó incrementando las dudas de los mexicanos así como las ventas de los periódicos al no mandar un mensaje claro de respaldo a “su” candidato. En un segundo frente, Manuel Camacho superó en popularidad a Colosio debido a su trabajo como mediador de la paz en Chiapas. Las fotos con el Sub-comandante Marcos (el jefe de la guerrilla) no tenían precio; Camacho tenía mucho que agradecerle a la guerra zapatista por su cada vez mayor rating en los periódicos y a Salinas por nombrarlo encargado. En el contexto de aquella época eso era algo completamente inesperado. Colosio estaba cada vez más solo. 

En resumen, la situación de Colosio en marzo del 94 es la de un candidato que se sentía opacado y sin apoyo. Un apoyo que perdió a mitad de la campaña. Sin lugar a dudas Luis Donaldo bien se pudo haber preguntado: “¿Por qué el presidente no aclara todo?, ¿por qué el PRI no me otorga el apoyo necesario en campaña?, ¿por qué dejan a Camacho seguir ganando popularidad?”

Debido a toda la presión que llevaba en sus hombros, Colosio decidió aclarar las cosas y responderle al jefe en turno. Su discurso aquel 6 de marzo fue una clara crítica a Salinas de Gortari. Colosio era el candidato, pero parecía que la cúpula priista no le otorgaría su apoyo.

El día anterior al atentado El Norte publicó la última declaración de Manuel Camacho: “Siempre no”. El comisionado de paz en Chiapas por fin se pronunciaba al respecto y aclaraba que no competiría por la presidencia. Este hecho devuelve la tranquilidad a la mente del candidato oficial. A partir de ese momento Colosio se concentró en sus actos de campaña agendados para el fatídico día siguiente, 23 de marzo de 1994. Resulta de lo más curiosa la intervención de Camacho un día antes del atentado. 

El avión llegó a Tijuana a las cuatro de la tarde. El economista se trasladó a Lomas Taurinas y, en medio de una multitud llena de muestras de apoyo al tlatoani mexicano, Colosio pronunció su discurso elevando a las masas en un intenso mar de esperanza. Uno puede pensar que estoy exagerando, pero esto no es difícil de creer: cuando el orador es experto, la gente reacciona con histeria, no importa quién sea la persona en frente y Luis Donaldo era un orador experimentado desde niño.

En punto de las 5:10 pm el candidato priista terminó su acto de campaña y la música hizo acto de presencia censurando cualquier grito. Cientos de personas comenzaron a agobiar a los guardias personales rodeando a Colosio. Ellos querían saludarlo, conocerlo, vivir la experiencia (no existían smartphones para sustituir nuestros ojos). Luis Donaldo, naturalmente, aceptó.

Era un espectáculo de total confusión en una tierra de difícil acceso. Dos minutos más tarde ocurrió lo extraño: su guardia personal rompió el cerco permitiendo a un joven michoacano colocar su revolver calibre .38 en la sien del candidato y detonar la bala asesina. El arma destruyó instantáneamente todo lo que tocó a su paso y, por si fuera poco, una segunda bala penetró en su abdomen. El supuesto culpable se llama Mario Aburto.

A continuación, más confusión, llanto y lágrimas. La gente comenzó a gritar ¡pero ahora de terror! “¡Le dieron, le dieron!” gritaban los asistentes mientras la música cedía.  Para los encargados es imposible tomar una decisión y, en medio de las confusiones, la vida de Luis Donaldo Colosio se pierde.

El anuncio se da en cadena nacional. Aquella noche, según escribe la editorial de El Norte, la reacción de los regiomontanos fue de total tristeza y perplejidad. No importaba el partido en el que militaran, las personas sentían que algo fuera de su compresión acababa de ocurrir en el país, sentían que a partir de ese momento México vestía de luto. La paz se había roto. ¡Habían matado al futuro presidente! Los taxistas de Monterrey vestían moños negros y los autos tenían mensajes luctuosos. Una sensación extraña recorría la mente de los ciudadanos de Monterrey. 

En el resto del país la reacción no fue menor. El presidente Salinas promete Justicia, (Justicia que nunca llegaría). Mario Aburto es condenado a prisión, asegura actuar solo. Sin embargo, al momento de presentarlo a las cámaras la gente se da cuenta del hecho: el criminal de la televisión NO es el mismo hombre que aparece en las fotos de Tijuana. El escándalo no afecta el juicio, de todas maneras, la decisión ya estaba tomada. Él es Mario Aburto, le guste al pueblo o no.



Lo que nos queda hoy es una visión de esperanza. Algunas personas ven lo que pudo haber sido y se hunden en su pensamiento. Yo aconsejo ir más lejos. Tomar esta lección de la historia como una fuente de inspiración para tratar de mejorar su situación actual. Solo así la muerte de aquellas personas que buscan reformar su país tendrán un verdadero significado. Lo escrito, escrito está.  

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